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¿De qué colores es la dignidad?

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Una bandera que se jura una sola vez en la vida corre el riesgo de quedarse guardada en el patio del colegio. Casi todos recordamos esa mañana: el uniforme planchado, la mano en el pecho, el tricolor pasando de fila en fila y una promesa que repetimos sin terminar de entender. Estos días, conversando sobre el 26 de septiembre, mi mami me dijo algo que no me he podido sacar de la cabeza: a los colores hay que darles un significado nuevo y actual, porque el que aprendimos de memoria ya no alcanza para explicar el país que tenemos. Me quedé pensando cuál debería ser ese significado y llegué a una sola palabra que abarca los tres colores: dignidad.

Llegar ahí exige recordar primero de dónde venimos. En 1860, García Moreno recuperó el amarillo, el azul y el rojo de la Gran Colombia, y en 1955 el Congreso declaró el 26 de septiembre como Día de la Bandera. En la escuela aprendimos que el amarillo es la riqueza de nuestro suelo, el azul nuestro cielo y nuestro mar, y el rojo la sangre de los héroes. Esa memoria nos pertenece, aunque una explicación que no se conecta con la vida termina pareciendo decoración. Esta semana el mundo nos recordó que la dignidad no puede serlo.

Nos lo recordó desde Nueva York, donde comenzó el debate general del octogésimo primer período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Allí volvió a hacerse evidente una tarea pendiente desde la Declaración Universal de 1948: convertir el reconocimiento de la dignidad humana en una realidad para todos. António Guterres, en su última intervención ante este debate como secretario general, habló de una década en la que se atacó a civiles, se usó el hambre como arma y se pisotearon los derechos humanos. Advirtió que no podemos seguir fingiendo que la paz existe separada de la dignidad. Desde la tribuna, presidentes de distintas orillas, como Lula da Silva o José Antonio Kast, cuestionaron la capacidad de la organización para responder a los desafíos de esta época, aunque con argumentos y prioridades diferentes.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, puso el acento en una contradicción: una organización creada para preservar la paz está fallando a quienes depositaron en ella sus esperanzas. Habló del sufrimiento del pueblo palestino y cuestionó que la voluntad de más de ciento noventa países quede subordinada a cinco. Reclamó que el derecho internacional se aplique por igual a los países fuertes y a los débiles. Su intervención me dejó pensando en algo elemental: la dignidad de una persona no puede depender del poder del país en el que nació. Si reconocemos que todos valemos lo mismo, esa convicción tiene que sostenerse también cuando proteger al otro resulta incómodo.

En esa tribuna también habló el Ecuador. Nuestra voz fue la del presidente Daniel Noboa, que llevó la experiencia de un país golpeado por la violencia. Propuso un mecanismo internacional para rastrear y congelar el dinero del crimen organizado y una plataforma permanente de información entre policías, fiscalías y unidades de inteligencia financiera. Pidió también que la ONU incorpore el crimen transnacional como prioridad de prevención de conflictos y fortalezca su capacidad de apoyar a los Estados que soliciten cooperación. Cerró con una frase que merece quedarse: «Las mafias ya se coordinaron. Nos toca a nosotros hacerlo mejor». Antes había dicho algo que conviene subrayar: la seguridad permite que los jóvenes estudien y trabajen, y que las familias emprendan sin miedo. Esa es la clave. La seguridad tiene sentido cuando protege nuestra posibilidad de vivir con dignidad. Y esa dignidad debe orientar también la manera de construirla. Con esa idea volví a mirar el tricolor.

Mirado así, cada color cambia de peso. El amarillo ya no es solo el oro que está bajo la tierra. Es el fruto del trabajo honesto: el emprendedor que abre su local cada mañana, la señora que sacó adelante su negocio vendiendo desde la casa, el joven que estudia de noche para ascender en su empleo. La verdadera riqueza de un país está en su gente, en su esfuerzo y en las oportunidades que encuentra para salir adelante. Porque ese esfuerzo merece encontrar puertas abiertas.

El azul tampoco es solo el cielo que miramos o el mar de nuestras costas. Es la libertad de mirar hacia adelante y decidir qué estudiar, dónde vivir, en qué creer, qué emprender, sin que nadie nos escriba el destino. Es poder construir un proyecto de vida propio y encontrar las condiciones para hacerlo posible.

El rojo recuerda la sangre de quienes lucharon por nuestra libertad y también nos habla del respeto que todos merecemos: en la casa, en el trabajo, en la calle, frente a cualquier autoridad. Honrar aquel sacrificio nos compromete a cuidar la vida de hoy, a reconocer el dolor ajeno y a procurar que nadie tenga que vivir con miedo ni humillado.

Progresar con nuestro esfuerzo, tener libertad para elegir y vivir con respeto: los tres colores dicen lo mismo, cada uno a su manera. Quizá eso es lo que juramos, sin saberlo, aquella mañana del colegio. Si es así, la bandera no se agota en el izamiento del lunes ni en el desfile. Se honra cada vez que tratamos al otro como alguien que importa.

Mi mami ya me dio su versión, y esta es la mía. ¿Qué significado le daría usted hoy al amarillo, al azul y al rojo?

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