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Una fiesta no se hace sin su dueño

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Hay algo en Latacunga que cada noviembre llena la ciudad entera de bombos y platillos, cuando el aire huele a chicha y a pólvora. Yo crecí esperando ese momento. Cada noviembre algo se activa en mí que no logro explicar del todo bien: es la certeza física de que pertenezco a un lugar. Ese lugar es Latacunga, y esa certeza tiene nombre: la Mama Negra, no tienen una idea de como a mí me emociona y me pone la piel de gallina el escuchar la música característica y sentir que ya llega la fiesta.

Quien no es de Cotopaxi ve en ella una fiesta de colores, de trajes vistosos, de caballos, máscaras y “mucho trago”; de personajes que reparten recuerdos, caramelos y mandarinas entre los curiosos; de una comparsa que dura horas y que se vive con el cuerpo entero. Y no se equivoca: la Santísima Tragedia —su otro nombre, el más antiguo— es exactamente eso. Es sincretismo puro. Los historiadores de Latacunga relacionan sus orígenes con la devoción a la Virgen de las Mercedes y con los acontecimientos de 1742, cuando, según la tradición, la Virgen protegió a la ciudad de la fuerza del Cotopaxi. La comparsa de noviembre que conocemos hoy, la que se vive como fiesta cívica por la Independencia de Latacunga, nació después y por separado, en la década de 1960, cuando un grupo de vecinos del centro decidió representar, por iniciativa propia, la Mama Negra de septiembre. Desde 2005 es, oficialmente, patrimonio cultural inmaterial del Ecuador.

Lo que casi nadie de afuera entiende es que detrás del vestuario hay una estructura de decisión tan antigua como la fiesta misma, y ese es el primer espacio de poder que hay que nombrar: no el de quien desfila, sino el de quien elige. La Mama Negra, el Capitán, el Ángel de la Estrella, el Rey Moro y el Abanderado no se disfrazan por sorteo: los designa un comité —concejales y ex Mamas Negras— que decide, cada año, a quién considera un «ciudadano ilustre» de Latacunga. Para cualquier latacungueño de verdad, ese nombramiento pesa distinto a cualquier otro cargo: ser elegido personaje es un honor que en muchos casos se valora incluso más que ser alcalde, porque no se hereda ni se disputa, se sostiene con años de servicio y de compromiso con la ciudadanía. Y hay que decirlo con toda claridad: los cinco hombres designados este año lo son porque, en efecto, han hecho algo genuino por Latacunga; nada de lo que sigue pretende poner eso en duda.

Porque este 2026 hubo titulares diciendo que a nadie le interesaba ser personaje de la Mama Negra, y yo no me lo creo. Para cualquiera de nosotros, ser designado personaje —cualquiera de los cinco— es algo enorme, un honor que uno guarda para toda la vida; no me imagino a un latacungueño recibiendo esa jocha y sintiendo indiferencia. Lo digo con toda sinceridad: si la ordenanza no reservara el papel de la Mama Negra solo para hombres, a mí me encantaría ser ese personaje. Lo que sí pasó este año, en medio de la coyuntura electoral, es que se instaló casi como sentido común una idea distinta: que quien esté en carrera electoral, mejor que no participe, como si servir a los demás desde la política ensuciara una fiesta que se supone honra precisamente a quienes han servido a la ciudad. Uno de los personajes de este año es un amigo entrañable de la familia, y verlo asumir ese papel con la devoción con la que siempre ha amado esta tradición me recuerda por qué este debate me importa tanto: no por cálculo, sino por cariño a lo que esta fiesta representa.

Y aquí es donde quiero detenerme, porque me parece que el verdadero tema no es la Mama Negra. Es el poder, y la idea equivocada de que existen espacios donde el poder simplemente no está.

El poder no es un permiso que unos pocos activan en el palacio municipal o en la urna electoral y que el resto del tiempo permanece apagado. El poder está presente en todas las relaciones sociales, siempre, en cada gesto de autoridad, de cuidado, de organización comunitaria: está en quién decide quiénes son los «ciudadanos ilustres» que merecen ser personaje, está en quién puede costear el traje del Capitán y quién no, está en quién tiene el micrófono para declarar, desde su rol dentro de la fiesta, quién más puede o no puede participar de ella. Por eso decir que alguien no debería participar porque ha decidido servir a los demás desde otro espacio —la función pública, la política, la representación ciudadana— parte de un error de fondo: asume que ese tipo de servicio contamina, cuando en realidad es una forma más, tan legítima como cualquier otra, de sostener a una comunidad.

Y hay algo que no tiene ninguna lógica: en la fiesta de noviembre, el prioste mayor es, por tradición, el propio alcalde de Latacunga; es, en los hechos, el dueño de la fiesta. Y el dueño de una fiesta no puede decidir no asistir a su propia fiesta. Da igual el motivo, da igual si el momento político le resulta incómodo: si el prioste mayor no desfila, la Mama Negra queda incompleta, porque esta no es una fiesta cualquiera, es la fiesta mayor de los latacungueños, la que reúne en una sola comparsa la memoria indígena, colonial y republicana de toda una ciudad. Decidir no salir no tiene ninguna justificación razonable: nadie que ostente ese rol tiene el lujo de restarse de su propia responsabilidad porque el ambiente del momento le resulte incómodo. Le guste o no, debe estar ahí. Y entonces me queda una pregunta que de verdad me inquieta: ¿en qué momento nuestra fiesta se volvió motivo de controversia, al punto de que hasta su propio dueño dude en aparecer? Porque el poder existe, sí, siempre ha existido dentro de la Mama Negra, pero reconocerlo no debería significar que alguien tenga que quedar afuera —ni un candidato, ni mucho menos el propio prioste mayor—. La respuesta a que la política se acerque demasiado a la fiesta no puede ser vaciarla de gente, sino sostenerla con las mismas reglas claras que la tradición siempre ha tenido, y esas reglas empiezan por algo tan simple como que el dueño de la fiesta esté presente en ella.

Latacunga me enseñó, mucho antes que cualquier libro de sociología, que el poder está en todos los espacios: en el que reparte el trago, en el que decide la lista de invitados, en el que se sube al caballo y en el que aplaude desde la acera. Pretender que hay un rincón de la vida pública —así sea el más folclórico, el más alegre, el más nuestro— donde el poder se toma vacaciones no protege a la tradición: la debilita. Lo que de verdad la fortalece es que quienes la habitan, sea cual sea el espacio desde el que sirven a los demás, puedan seguir ahí, sin miedo a que su forma de servicio los excluya de lo que también les pertenece.

Este noviembre, como siempre, voy a estar ahí. Aplaudiendo a los cinco personajes, a quienes conozco, sintiéndome en casa, y sosteniendo la misma idea que venimos repitiendo semana a semana en este espacio: no hay rincón de la vida pública que esté exento de las preguntas ¿quién manda y por qué?, y fingir lo contrario es lo que de verdad empobrece nuestras tradiciones.

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