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Pactos de papel: Cuando el pragmatismo electoral sepulta las convicciones
En el ejercicio democrático, las alianzas políticas no deben ser motivo de escándalo; son herramientas legítimas para consolidar la gobernabilidad, converger visiones y ofrecer alternativas viables a la ciudadanía. El deterioro institucional surge cuando estas coaliciones abandonan el terreno de las ideas para degradarse en meros pactos de conveniencia.
Actualmente, Cotopaxi atraviesa un escenario que exige una profunda reflexión cívica. El registro de 67 alianzas provinciales refleja, por un lado, una efervescencia electoral innegable, pero por otro, siembra una interrogante ineludible para el electorado:
¿Qué aglutina verdaderamente a quienes hoy marchan bajo una misma bandera? ¿Es una visión compartida de provincia, un proyecto de desarrollo estructurado, o simple y llanamente el cálculo pragmático para no quedar marginados de la papeleta?
En las últimas semanas, la vitrina política ha exhibido una imagen desalentadora. Actores que ayer defendían con vehemencia una tienda partidista, hoy se enfundan en colores distintos sin el menor rubor. Asistimos a una mutación de discursos que cambian con la misma ligereza que las fotografías de campaña, revelando que, para muchos, la convicción ideológica pesa menos que el oportunismo electoral. Si bien la migración política no constituye un delito, sí resulta éticamente reprochable cuando se ejecuta huérfana de coherencia y carente de respeto hacia los votantes que alguna vez creyeron en un postulado hoy desechado.
A este transfuguismo se suma un fenómeno todavía más pernicioso. Mientras la ciudadanía clama por soluciones tangibles frente a crisis urgentes —empleo, seguridad, acceso al agua y vialidad—, ciertos actores prefieren despilfarrar recursos en campañas de desprestigio. Invierten en redes de desinformación y ejércitos de cuentas falsas dedicadas a la aniquilación moral del adversario. Se ha instaurado la peligrosa premisa de que resulta más rentable destruir al oponente que construir una propuesta.
La política moderna, la que verdaderamente transforma sociedades, exige exactamente lo contrario. Requiere rigor, equipos técnicos, análisis territorial, datos empíricos y planificación estratégica. Un buen gobierno no se gesta desde la estridencia de una campaña sucia, sino desde la comprensión profunda de la realidad que se promete cambiar.
Las redes sociales tienen el poder de fabricar tendencias efímeras, pero jamás sustituirán el contacto legítimo con el territorio. Un ataque digital coordinado puede alterar la conversación pública por unas horas, pero es incapaz de asfaltar una vía destruida, de llevar agua a una comunidad olvidada o de devolverle la esperanza a una familia sin oportunidades.
La conclusión es tan simple como severa: quien construye su candidatura sobre el vacío de las ideas y la destrucción del otro, inevitablemente llegará al poder con las manos vacías.
