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Incomodar

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Ya son tres semanas en las quehablamos de la agencia, de qué significa tenerla y ejercerla, hoy voy a contestar la pregunta de cómo pienso y siento que la ejerzo yo.

Incomodar. Esa es la palabra en la que se resume mi búsqueda de años. Es una de las formas en las que, luego de mucho tiempo, entendí que ejerzo mi agencia. Pero siempre me he seguido cuestionando algo: ¿está bien que lo haga desde los espacios que ahora ocupo, o necesito involucrarme en los espacios donde se toman las decisiones?

Durante muchas noches de varios años pensé si me involucro o no en los espacios donde se decide el poder. No fue una decisión ligera. Me la pensé no solo desde la emoción, sino desde la razón. Me di el tiempo, hice estudios e investigaciones, fui a clases sobre política, sobre poder, sobre la sociología del poder, tratando de entender si mi deseo de romper el estatus quo era correcto y si de verdad valía la pena. Y después de darle tantas vueltas, siempre llegué al mismo lugar. Una de las formas en que ejerzo mi agencia es incomodar. Incomodar porque es lo que tengo que hacer para cambiar este estatus quo. Incomodar para que quienes tienen el poder —así sea de una forma chiquita— se pregunten si están haciendo bien lo que están haciendo. Y hoy tengo la respuesta a esa pregunta que me perseguía: ya estoy involucrada. Porque ejercer mi agencia desde el incomodar al poder es, en sí mismo, una forma de involucrarse.

Este estatus quo atraviesa toda nuestra dinámica social: lo social, lo político, lo económico. Y mi forma de incomodar ha tomado distintos rostros a lo largo de los años, en distintos espacios por los que me ha tocado pasar. Se los digo con toda honestidad: incomodar no ha sido cómodo para mí. Nunca lo fue.

Hace algunos años escribí un texto sobre lo que me ha costado incomodar al poder. Decía entonces que había ido coleccionando epítetos por defender causas nobles y justas, como me califica una gran amiga. Me habían dicho, en ese momento, que soy incendiaria, irreverente, y algunas cositas más. Este era el texto:

«En los años que llevo en la defensa de los Derechos he pasado por muchos lugares y estamentos estatales, tanto desde lo público como en lo privado, y poco a poco he ido coleccionando epítetos y calificativos cuando de defender los derechos de los más vulnerables se trata. Todo empezó con un SUBVERSIVA. Luego un ministro mal parqueado de economía me gritaba ACTIVISTA en la Asamblea Nacional jajaja, el pobre pensaba que eso era un insulto para mí. No muy lejos de esa época me dijeron ALEVOSA, ATREVIDA, IRREVERENTE E IMPETUOSA. Estoy segura de que buscaban herirme y así acallar mi voz, pero lo que no saben es que cada uno de esos calificativos me halaga y me indica que estoy en el camino correcto: no le agacho la cabeza a nadie, y llevo estos adjetivos con orgullo, como las estrellitas que les cuelgan a los generales cuando los condecoran. Hoy no fue diferente: un funcionario de pelo y medio me calificó de INCENDIARIA, con semblante serio y postura imponente, en una falacia ad hominem cuando no puedes rebatir con ideas, insultas a la persona. Me sentí cual pavo real, le dije ‘ese es nuevo’ y le sonreí. Luego de unos segundos de silencio incómodo, le dije que necesitaba una solución, porque ya conocía mi capacidad. Pobre hombre, ojalá no se haya quedado asustado. Pero gracias a esta incendiaria, el derecho de mis defendidos fue respetado.»

Todas estas situaciones han hecho que mi convicción se vuelva cada vez más fuerte: si uno quiere cambios, tiene que involucrarse. No se puede perder la capacidad de indignación. Porque la indignación que no se convierte en acción se queda guardada, ahí, sin transformar nada. Se apaga sola.

Hoy sigo pensando lo mismo que pensaba cuando escribí ese texto. Cada epíteto, cada calificativo, cada intento de callarme, ha sido —de manera extraña— una confirmación de que voy por el camino correcto. Incomodar tiene un costo. Casi nunca es cómodo. Y aun así vale la pena. Lo volvería a hacer todas las veces que hiciera falta.

¿A ustedes qué les ha costado no quedarse callados frente a lo que no está bien?

Abrazo,
Elena

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