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La voluntad que nadie decreta

Les he leído con atención. Después del segundo grito, muchos de ustedes escribieron, comentaron, compartieron — y en esas respuestas encontré algo que no esperaba con tanta claridad: todos, sin excepción, admitieron que tienen miedo. Hay calles que evitamos, horas que calculamos, rutas que cambiamos sin decírselo a nadie. Y junto con ese miedo apareció algo más interesante todavía: las ganas de dejar de quedarse solo en el lamento.
Este viernes 14 de agosto, mientras muchos discutíamos exactamente ese tema en nuestras conversaciones cotidianas, el presidente Noboa firmó el Decreto Ejecutivo 472, con el que se extiende por 30 días más el estado de excepción declarado por “grave conmoción” en diez provincias y tres cantones del país. Cotopaxi está ahí también, a través del cantón La Maná, junto a provincias como Guayas, Manabí y Esmeraldas. La decisión se sustenta en informes de inteligencia que advierten que las condiciones que motivaron la declaratoria original de junio persisten. Es una noticia que probablemente muchos vieron pasar en el celular entre un meme y un audio de WhatsApp, pero que dice algo bien concreto: el Estado reconoce, con papel y firma, que la inseguridad que sentimos no es exageración nuestra. Es diagnóstico oficial.
Y aquí está lo curioso: un decreto puede desplegar fuerzas armadas en las calles, pero no puede devolvernos algo que el miedo cotidiano nos va quitando de a poco, que es la voluntad. Esa capacidad simple de decidir por dónde caminar, a qué hora salir, si abrir la puerta o no. Hay formas de robo, además, que lo hacen de manera todavía más literal: esos asaltos donde a la víctima no le arrebatan nada por la fuerza, sino que consiguen que sea ella misma, con su propia mano y sin poder oponer resistencia, quien entregue lo que le piden. No queda un golpe visible, pero se rompe algo: la certeza, hasta entonces intacta, de que uno decide sobre su propio cuerpo y su propia vida. Cuando el miedo, de cualquier forma, decide por nosotros sin que nos demos cuenta, ya perdimos algo importante — y ningún decreto, por bien intencionado que sea, nos lo regresa solo. Eso depende de otra cosa.
Depende de dejar de mirar la inseguridad como una película que pasa en la pantalla del noticiero mientras nosotros somos público de sillón. Es fácil indignarse sin comprometerse. Lo difícil, y lo que de verdad cambia algo, es preguntarse qué puedo hacer yo, desde el espacio pequeño que ya ocupo. El padre que organiza con otros padres turnos para que los niños caminen juntos al colegio. El vecino que en la reunión de condominio insiste en esa luz que lleva meses fundida. El profesional que exige, desde su gremio, política pública concreta en lugar de quejarse solo en redes. El ciudadano que se informa antes de votar y entiende que una papeleta también es una forma de actuar. Nada de esto es heroico. Todo es posible. Y multiplicado, empieza a mover algo que ningún decreto mueve solo.
Ya respondimos al segundo grito con una verdad que no pidió permiso: tenemos miedo, y también tenemos ganas de actuar. Esta semana les dejo una pregunta distinta a la anterior. Ya no pregunto cómo se sienten. Pregunto cuál es su espacio de agencia — ese rincón donde su decisión sí tiene peso — y qué van a hacer con él esta semana. No pretendo tener todas las respuestas. He aprendido, eso sí, que las cosas importantes no se ganan gritando una sola vez, sino insistiendo, semana tras semana, con los pies puestos en la realidad y la mirada puesta en lo que sí se puede cambiar. Sigo preparándome para merecer una respuesta mejor, y sigo aquí, con ustedes, insistiendo.
Elena Berrazueta P. es abogada, Magíster en Derechos Humanos y editorialista de Cotopaxi Digital.