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Ceuta: cuando el mar se vuelve frontera y la dignidad, una pregunta pendiente

Esta semana, mientras el mundo miraba hacia otros conflictos, en la frontera entre España y Marruecos ocurría una tragedia que merece nuestra atención. Desde el 30 de julio, decenas de miles de personas cruzaron a nado o por tierra hacia Ceuta, en el episodio de presión migratoria más grave desde 2021. Al menos 67 de ellas murieron en el intento. España desplegó a sus Fuerzas Armadas, la Unión Europea convocó una reunión de emergencia, y las imágenes de cuerpos exhaustos en las playas de El Tarajal volvieron a recorrer el mundo.
No puedo leer estas noticias solo en clave de seguridad fronteriza o de cifras migratorias. Detrás de cada uno de esos sesenta mil cruces hay una historia, un rostro, una madre esperando una llamada que confirme que su hijo sigue con vida. Y detrás de cada historia hay una pregunta que como abogada, como mujer y como defensora de derechos humanos nunca me permito dejar de hacerme: ¿qué está pasando con la dignidad de esas personas?
Enseño a mis estudiantes que la dignidad se sostiene sobre tres pilares: vivir bien, vivir como se quiere y vivir libre de humillaciones. Cuando miro lo ocurrido en Ceuta, veo los tres derrumbarse a la vez. No se vive bien cuando la única alternativa que ofrece el propio país es arriesgar la vida nadando de madrugada bordeando un espigón fronterizo. No se vive como se quiere cuando la migración deja de ser una decisión y se convierte en una huida sin más opciones. Y no se vive libre de humillaciones cuando miles de personas terminan convertidas en cifras que se cuentan, se devuelven y se negocian, mientras su humanidad queda relegada a un segundo plano.
Reconocer esto no es negar la complejidad del problema. Ningún Estado tiene la obligación de mantener fronteras abiertas sin control, y España tiene el derecho, y el deber, de ordenar quién entra y cómo. Marruecos, por su parte, tiene una responsabilidad que no puede diluirse: la cooperación entre países no puede convertirse en una forma de usar a personas vulnerables como instrumento de presión. La gestión migratoria seria exige orden, sí, pero un orden que no sacrifique lo esencial: la vida y la dignidad de quien cruza.
Hay algo que aprendí mucho antes que el derecho, en la mesa de mi casa y en los bancos de una iglesia: que al que sufre se le mira de frente, que al extraño se le trata como se querría ser tratado si un día fuéramos nosotros los que cruzamos un mar buscando otra vida. Esa convicción no necesita nombrarse para sostener cada palabra de este texto.
Escribo esto desde Ecuador, un país que conoce lo que significa que los propios hijos salgan a buscar futuro fuera, y que también sabe, del otro lado, lo que significa recibir a quien huye de otra crisis. La imagen de Ceuta no nos es ajena: es un espejo. Nos recuerda que la manera en que un país trata a quien llega desde afuera dice tanto de sus leyes como de su alma.
Este primer editorial no pretende dar respuestas fáciles a un problema que no las tiene. Pretende dejar una convicción sobre la mesa, la misma con la que quiero acompañarlos cada domingo: se puede exigir orden en las fronteras sin renunciar a la humanidad de quienes las cruzan. Y esa es, al final, la pregunta que le dejo, lector: ¿estamos dispuestos a defender la dignidad humana incluso cuando quien la reclama no tiene pasaporte, ni cámara, ni quien lo defienda?
Elena Berrazueta P. es abogada, Magíster en Derechos Humanos y editorialista de Cotopaxi Digital.