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El segundo grito: la independencia que todavía nos falta

La madrugada del 10 de agosto de 1809, un grupo de quiteños se jugó la vida sin ninguna garantía de éxito. La noche anterior se habían reunido en casa de Manuela Cañizares: fue la decisión de esa mujer, poner su hogar al servicio de la conspiración, la que hizo posible que esa madrugada se gestara el Primer Grito. No sabían si iban a ganar. De hecho, no ganaron: meses después la naciente Junta tuvo que rendirse, y un año más tarde la represión terminaría en la masacre de más de trescientos quiteños. Por esose le llama el Primer Grito: no fue la victoria, fue el coraje de decir «ya no» sin certeza de nada.
Recordamos el 10 de agosto como si la independencia hubiera terminado en un solo día de 1822, en la Batalla de Pichincha. Pero la libertad que celebramos cada año no fue un evento: fue un proceso que tomó trece años, muchas derrotas y muchos nombres que ya nadie recuerda. Y creo que ese es el verdadero legado que nos dejaron: la independencia no se conquista una sola vez. Cada generación tiene que dar su propio grito contra sus propios yugos.
Hoy, doscientos años después, hay un yugo que conozco de cerca por mi trabajo y que estoy segura reconoce cualquiera que camine por nuestras calles: el miedo a movernos libremente en nuestra propia tierra. La madre que ya no deja salir a su hijo después de las seis de la tarde. El comerciante que paga una vacuna para poder abrir su negocio sin que se lo quemen. El transportista que no sabe si volverá a su casa después del turno. El estudiante que cambia de ruta todos los días para no repetir un patrón que alguien pueda vigilar. Eso también es una forma de esclavitud, aunque no tenga cadenas visibles: no se vive bien, ni se vive como se quiere, cuando el miedo decide por nosotros dónde podemos estar y a qué hora.
No quiero banalizar el sacrificio de quienes murieron en 1810 comparándolo a la ligera con cualquier incomodidad de hoy; su entrega fue de otra magnitud y merece ese respeto. Pero sí creo que nos heredaron una pregunta que sigue vigente: ¿qué estamos dispuestos a hacer, sin garantía de éxito, para recuperar lo que hemos perdido? Porque la inseguridad que hoy nos encierra en nuestras propias casas no llegó por accidente, y tampoco se va a ir sola. Se combate con instituciones que funcionen, con justicia que no llegue tarde, y con una ciudadanía que deje de normalizar el miedo como si fuera parte del paisaje.
El Primer Grito no fue solo una jugada política calculada: fue, ante todo, una muestra de algo que como sociedad no deberíamos perder nunca, la capacidad de indignarnos frente a lo que nos oprime. Esa indignación, cuando es genuina, no espera a tener todas las garantías para actuar. Eso hicieron los próceres del 10 de agosto. Y esa misma indignación, no la resignación ni el silencio, es la que hoy nos toca sentir frente al miedo que nos gobierna la vida cotidiana.
Pero la indignación que no se traduce en acción se queda en desahogo. La de 1809 se volvió una Junta de Gobierno, un acta, una estructura, aunque fuera frágil y le costara la vida a muchos. La nuestra también tiene que aterrizar en algo concreto: exigir con la voz alta que la seguridad ciudadana deje de ser una promesa de campaña y se vuelva una política de Estado sostenida; participar, fiscalizar, denunciar cuando el sistema falla, en lugar de acostumbrarnos a que falle; y, sobre todo, negarnos a normalizar el miedo como si fuera el precio inevitable de vivir aquí. Ninguna de estas acciones garantiza el éxito inmediato, igual que no lo garantizaba el grito de 1809. Pero la alternativa, quedarnos callados esperando que alguien más lo resuelva, ya demostró no funcionar.
Doscientos años después seguimos necesitando gritar. No como lo hicieron ellos, pero sí con la misma convicción. No contra un imperio lejano, sino contra el miedo que hoy nos gobierna la vida cotidiana. Un grito que aleje la violencia de las calles, el miedo en la noche, y el dolor de un país asustado y apagado por el crimen. Esa es, me parece, la forma más honesta de honrar a quienes se atrevieron a gritar primero: si cada generación ha tenido que dar su propio grito, hoy nos toca a nosotros, hasta que la independencia deje de ser un recuerdo y vuelva a ser una tarea compartida.
Elena Berrazueta P. es abogada, Magíster en Derechos Humanos y editorialista de Cotopaxi Digital.