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El matrimonio forzado, el principio de una vida de abusos para 650 millones de niñas y mujeres

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Alrededor de 12 millones de niñas padecen cada año por un matrimonio obligado, unas 34.000 al día. Para la considerable mayoría de ellas, casarse es el inicio de un ciclo de violaciones de los Derechos Humanos a las que ahora un grupo de ONG quiere dar voz de la mano de víctimas como Kadiatu, obligada a dejar la escuela tras quedarse embarazada con tan solo 14 añitos, o Hadiqa, que a los once años desafió a su familia para no casarse.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) incluyen dentro de su batería de metas la igualdad de género y, por extensión, la eliminación de prácticas discriminatorias como el matrimonio temprano y la mutilación genital femenina. En la última década, se han prevenido 25 millones de estos matrimonios, pero a día de hoy hay 650 millones de mujeres que se casaron durante la infancia y, si no se toman medidas, la cifra ascenderá a 800 millones en 2050.

Por regiones, la tasa de prevalencia más alta está en el África subsahariana, donde aproximadamente cuatro de cada diez mujeres jóvenes se casaron antes de los 18 años –en Níger se dispara al 76 por ciento–. Le sigue la zona sur de Asia, donde la tasa es de tres de cada diez, mientras que en América Latina y el Caribe la proporción ronda el 23 por ciento, según datos de la ONU.

Amnistía Internacional, Entreculturas, Mundo Coperante y Save the Children se han aliado en la campaña ‘¡No quiero!’, con la que aspiran a recordar los desafíos a los que se enfrentan millones de menores coincidiendo con la celebración este viernes del Día Internacional de la Niña.

Niñas como Kadiatu Massaquoi, una joven sierraleonesa de 17 años que ya tiene dos hijos y que a los 14 vio cómo su vida daba un giro tras la muerte de su padre y quedarse embarazada. Su madre, obligada a cuidar a duras penas a sus ocho hijos supervivientes –dio a luz a 16–, «no tuvo otra elección» que obligarla a dejar las clases.

«Quería ir a la escuela, pero era imposible», ha contado una emocionada Kadiatu, vecina de una localidad fronteriza con Liberia que sufrió en propias carnes el estigma que conllevan casos como el suyo en un país que ultima una ley precisamente para prohibir de forma clara el matrimonio infantil y que ya penaliza con cadena perpetua los abusos sexuales sobre niñas menores de edad.

Fuente: Internacional Europa press


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