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La agencia empieza donde ya estamos
Por Elena Berrazueta Peñaherrera
La semana pasada les pregunté desde dónde ejercen agencia, y las respuestas me sorprendieron gratamente: casi nadie la ubicó en un cargo o una institución. La ubicaron en el hogar, en el trabajo, en el barrio, en el lugar exacto donde ya pasan la mayor parte del día.
Eso confirma algo que venía intuyendo en estas columnas: la agencia no siempre empieza en un espacio de poder formal. Empieza mucho antes, en decisiones tan cotidianas que a veces ni las notamos como tales, y sin embargo cada una de ellas construye o erosiona el tipo de país que decimos querer, y muchas veces termina por empujarnos, más tarde, hacia esos espacios más formales.
Varios de ustedes, exalumnos incluidos, me devolvieron una idea que enseño hace años en clase: que la empatía real no es sentir pena por el otro desde lejos, sino negarse a hacerse el desentendido cuando algo nos toca de cerca. Esa fue, de lejos, la respuesta que más se repitió: la agencia nace de no mirar para otro lado.
Todo lo que me contaron tiene algo en común: ninguno describe involucrarse como asistir de espectador a algo ni firmar una lista de presentes. Lo describen como aceptar una responsabilidad concreta, aunque sea pequeña: la conversación incómoda que no evitan, el hijo al que corrigen aunque cueste, el compañero al que no dejan solo. Esa clase de participación exige tiempo y exposición, y a veces exige también equivocarse en público mientras se aprende a hacerlo bien.
Y ahí aparece el matiz que más me interesó de sus respuestas: participar no es solo estar presente, es también aceptar el peso de decidir. Quien corrige a un amigo, quien educa distinto a como fue educado, quien se involucra en su barrio, no se limita a observar el problema: decide qué hacer con lo que ve, aunque nadie se lo pida y aunque no exista un cargo que lo respalde.
Uno de los temas que más apareció fue la violencia de género. Varios lectores, hombres, me escribieron algo que vale la pena subrayar: dijeron que su forma de ejercer agencia es revisar sus propias conductas, corregir a otros hombres cuando minimizan o justifican esa violencia, y negarse a repetir, ni siquiera en broma, los gestos que la sostienen. No hablaron de grandes gestos públicos, sino de conversaciones incómodas en el trabajo, en la cancha, en la mesa familiar.
Otros ubicaron su agencia en algo aún más cercano: en cómo educan a sus hijos. Me contaron que intentan formar personas que no necesiten que les recuerden ser buenas, que noten cuando alguien queda afuera y hagan algo al respecto sin que nadie se los pida. Si eso no es agencia, no sé qué otra cosa podría serlo: es, literalmente, sembrar la próxima generación de personas dispuestas a involucrarse.
Todo esto me confirma que la agencia no vive únicamente en los comités o en los espacios de poder, aunque tarde o temprano suele llegar también hasta ahí. Vive, primero, en esas decisiones diarias que rara vez llegan a una noticia: la conversación que no evitamos, el hijo al que corregimos con cariño pero con firmeza, el compañero de trabajo al que no dejamos solo. Y de esa raíz cotidiana es de donde nace, más adelante, la disposición a ocupar espacios más grandes.
Así que hoy no les traigo una conclusión, sino otra pregunta, construida con lo que ya me contaron: si la agencia empieza en la casa, en el trabajo y en el barrio, ¿qué otra decisión pequeña, de esas que casi nunca contamos, están tomando ustedes esta semana para no mirar para otro lado?
