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EL ESPEJISMO DEL PODER | Cuando el Ego Político Desconecta de la Realidad

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En ciudades que apenas superan los 200 mil habitantes, la escena se repite en cada ciclo electoral: una avalancha interminable de rostros, pancartas y caravanas invaden los barrios. La ciudadanía contempla con perplejidad cómo decenas de aspirantes a alcaldes, prefectos y concejales caminan por las mismas calles ofreciendo promesas que, en el fondo, son inalcanzables.

La pregunta inevitable surge en el electorado: ¿por qué hay tantas candidaturas para tan pocos habitantes?

La respuesta pocas veces se encuentra en una vocación genuina de servicio público. El verdadero motor de esta saturación suele ser el ego.

La trampa de los aplausos y una realidad paralela.

Detrás de la sobreoferta electoral existe una necesidad apremiante de poder y reconocimiento social. Para muchos aspirantes, la política deja de ser un instrumento de transformación comunitaria para convertirse en un pedestal de validación personal.

Esta búsqueda de protagonismo genera un fenómeno peligroso: la distorsión de la percepción. Alimentados por un entorno de fanáticos y asesores complacientes, muchos candidatos construyen su propia realidad.

En esa burbuja:

-Las encuestas favorables son ley, aunque hayan sido elaboradas a la medida de sus deseos.

-Los sondeos reales son tachados de «falsos» o «manipulados» tan pronto como los ubican fuera de las posiciones de liderazgo.

-El aplauso de unos pocos en un recorrido de barrio se asume como el respaldo masivo de toda una ciudad.

El ego es un mal consejero: hace que la ambición personal supere la altura moral e intelectual requerida para gobernar.

El duro golpe de las urnas

Nos encontramos en la recta final de la contienda electoral, a pocos meses de acudir a las urnas. Es el periodo donde abunda el proselitismo agresivo, la demagogia y, sobre todo, egos que sobrepasan con creces la estatura de los candidatos. Todos se proclaman ganadores por anticipado, convencidos de un triunfo inevitable.

Sin embargo, la fantasía política tiene fecha de caducidad. El día de la elección representa el choque inevitable contra la realidad: el escrutinio oficial destruye el espejismo y devuelve a más de uno al lugar que la ciudadanía verdaderamente le asignó.

El desafío del electorado

Frente a esta feria de vanidades, la responsabilidad recae en el elector. Es momento de mirar más allá del ruido, los lemas pegajosos y las falsas encuestas. El voto no debe ser el trofeo para el ego de un político, sino la herramienta con la que la ciudadanía exige madurez, propuestas viables y, ante todo, un baño de humildad a quienes pretenden dirigir los destinos de los cantones y provincias de nuestro país.

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